Posted on: June 30, 2015 by M. Oliver Heydorn (traducido por Martin Ant - hispanismo.org)

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Es Hora de Dar Ya un Giro Copernicano Económico

 

La economía industrial moderna (así como la civilización en general) se encuentra en extrema necesidad de una transformación de tipo copernicano: el crédito financeiro de la sociedad ha de subordinarse a su crédito real. La reforma monetaria del Crédito Social proporciona tanto la política como los mecanismos apropiados para hacer realidad esta posibilidad superior.


      Después de muchos años de estudio intensivo, me he llegado a convencer de que las ideas del Crédito Social del Mayor Clifford Hugh Douglas (1879-1952) constituyen la clave para entender lo que está mal en la economía y lo que se necesita hacer con el fin de arreglarla.

     Quizás la forma más sencilla de captar todo aquello en lo que consiste la economía de Crédito Social sea por vía de una analogía. Del mismo modo que hay dos modelos básicos y opuestos del sistema solar: el modelo geocéntrico y el modelo heliocéntrico, así también existen dos formas básicas y opuestas de organizar el sistema financiero: el modelo “crematocéntrico” (es decir, centrado en el dinero) y el modelo “oikocéntrico” (es decir, centrado en el abastecimiento). Mientras que el actual sistema financiero es crematocéntrico, el sistema del Crédito Social, –y, por tanto, el orden económico del Crédito Social–, es oikocéntrico. [1]

     Con el fin de entender correctamente la diferencia entre los dos modelos, uno debe primero identificar las variables específicas que están en juego. Toda economía que incorpore un sistema monetario de algún tipo u otro, –en lugar del trueque–, se compone de dos elementos distintos. Existe, por un lado, aquello a lo que Douglas se refiere como el “crédito real”: la capacidad para suministra bienes y servicios, cuando, donde y en la medida en que sean requeridos, con la mínima cantidad de molestias para todos. Ésta es la capacidad productiva útil de la economía, y simplemente está en función de los factores físicos de producción (tierra, trabajo, la plusvalía que procede de la asociación, y el capital real), en unión con la demanda real de los consumidores. Existe, por otro lado, aquello a lo que Douglas se refiere como el “crédito financiero”: la capacidad para suministrar dinero cuando, donde y en la medida en que sea requerido. Ésta es la capacidad de la sociedad para representar simbólicamente y para dirigir el crédito real, y depende directamente de lo bien que haya sido diseñado el sistema financiero (sus sistemas bancario y de contabilidad) de la sociedad así como de lo bien que funcionen.

     El sistema financiero puede relacionar estos dos elementos el uno con el otro en una de estas dos formas. En el modelo crematocéntrico, el crédito real se subordina al crédito financiero. Esto se consigue manteniendo al crédito financiero en un estado de escasez artificial. Las convenciones que actualmente están en vigor garantizan, por ejemplo, que nunca haya suficiente dinero para catalizar la formación de toda la producción útil y autónomamente deseada así como que tampoco haya nunca suficientes ingresos del consumidor para liquidar todos los costes de cualquier producción que se haya podido realizar. En el modelo oikocéntrico, por el contrario, el crédito financiero se subordina al crédito real. Esto se consigue asegurándose de que el sistema financiero esté correctamente diseñado con el fin de reflejar de manera exacta tanto el potencial de la economía real o física, así como los cambios que ésta experimenta a medida que se va actualizando.

     Los dos modelos no merecen el mismo juicio de valor.

     Cuando el crédito real se subordina al crédito financiero, esto es porque el dinero ha sido transformado en una mercancía escasa, la cual es valorada como un fin en sí misma; una mercancía que es comprada y vendida mediante el cargo de un interés. En lugar de funcionar como una herramienta informativa, como un mero medio, el dinero se convierte en un instrumento que puede ser utilizado para recompensar o castigar, con vistas a objetivos financieros que están, –en mayor o menor medida–, divorciados de la economía real. Como consecuencia directa, cuando llega la hora de tomar decisiones económicas bajo un sistema financiero crematocéntrico, el crédito financiero se convierte en el principium, en el factor determinante, mientras que el crédito real se convierte en el principatum (el factor determinado):


 Los individuos deben usar los productos económicos, y solamente pueden obtener esos productos económicos por medio del dinero. Si están cortos de dinero, a ellos se les podrá imponer las condiciones bajo las cuales puedan obtener el dinero; si no están cortos de dinero, entonces no podrán imponérseles dichas condiciones. Y, por tanto, de ahí se colige que, para la existencia de un dominio por parte de la finanza, se requiere de una situación de escasez económica, … [2]


     Continuando con nuestra analogía, un sistema financiero crematocéntrico fuerza al crédito real de la economía a girar alrededor del “sol” de su crédito financiero y, por extensión, alrededor de aquéllos que han monopolizado el mercado del crédito financiero. Éste es el problema fundamental del sistema económico existente. En lugar de ser los humildes servidores del deseo que tiene la sociedad de poner en acto su crédito real, el dinero –el sistema monetario–, así como los operarios del sistema monetario, se han convertido en los amos del orden económico. Como una cuestión de hecho, desde el amanecer de la era post-“ilustrada”, el sistema financiero ha ocupado el lugar de la religión en la sociedad secular: la economía se ha consagrado a la adoración de Mammon.

     ¿Cuáles son las consecuencias de esta disposición antinatural? Cualquier economía que invierta el debido orden entre el crédito real y el crédito financiero no podrá cumplir con su verdadero y original propósito, es decir, el suministro de bienes y servicios cuando, donde y en la medida en que sean requeridos, con la mínima cantidad de molestias para todos, en la medida en que el cumplimiento de esta realización sea físicamente posible [3]. La escasez artificial de dinero, en conjunción con la entronización del dinero como el principium de la economía, restringe y distorsiona la actividad económica de tal forma que el crédito real ya no puede ser completa o eficientemente puesto en acto, e incluso aquella proporción de él que es realizada necesita de una masiva mala dirección de los recursos económicos. En lugar de consumar satisfactoriamente la tarea propia de la economía, el orden financiero crematocéntrico suministra pobreza en medio de la abundancia; servilismo en lugar de libertades; el recurrente ciclo de expansiones y quiebras; una inflación continua (tanto por empuje de costes como por tirantez de la demanda); ineficiencia económica, despilfarro y sabotaje; crecimiento económico forzado; una montaña cada vez más creciente de deuda social que, en su conjunto agregado, es imposible de devolver; impuestos opresivos y a menudo crecientes; la usurpación por parte del sistema bancario privado de la plusvalía que procede de la asociación; la centralización de la riqueza económica, de los privilegios y del poder en cada vez menos y menos manos; conflictos sociales; migraciones forzosas; dislocación cultural; degradación medioambiental; y conflictos económicos internacionales que conducen a la guerra, etc., etc.

     Por contraste, siempre que el crédito financiero se subordina debidamente al crédito real, esto ocurre porque al dinero o crédito financiero se le ha hecho que corresponda isomórficamente, –en su naturaleza, contabilidad y uso–, con el crédito real. El crédito financiero debería reflejar adecuadamente el crédito real pues, para empezar, es ésta precisamente la razón misma por la que los sistemas monetarios fueron introducidos. Esta correspondencia con la realidad desmercantiliza al dinero y le despoja del ilegítimo poder controlador que actualmente empuña. Bajo un sistema financiero oikocéntrico, el deseo de poner en acto el crédito real pasaría a convertirse en el principium de nuestras decisiones económicas, y el crédito financiero jugaría, entonces, el papel de principiatum, una simple herramienta cuyo solo propósito consiste en facilitar la realización de resultados buscados y físicamente posibles. En otras palabras, un sistema financiero oikocéntrico u honesto forzaría al crédito financiero de la economía a girar alrededor del “sol” de su crédito real y, por extensión, alrededor de aquéllos a los que pertenece el crédito real, es decir, los ciudadanos comunes, los cuales deberían ser considerados como accionistas en las actividades económicas de sus países.

     ¿Cuáles serían las consecuencias de establecer a la finanza en el papel que le corresponde, como servidora de la economía real? El crédito real de la economía podría ser completa y eficientemente puesto en acto. Dentro del contexto de un estado industrializado, moderno, un sistema financiero oikocéntrico apropiadamente diseñado suministraría seguridad económica absoluta para todo ciudadano, en lugar de pobreza y amenaza de pobreza; incremento del ocio en lugar de servilismo (es decir, libertad respecto de la esclavitud salarial, de la esclavitud de la deuda, y del empleo inútil, estúpido y/o destructivo); la descentralización de la riqueza económica y del poder en favor del individuo; la eliminación del despilfarro económico y el sabotaje; continuas reducciones en los precios en lugar de inflación; impuestos mucho más bajos; muchas menos regulaciones e interferencias del gobierno; cooperación económica en lugar de concurrencia despiadada; estabilidad social; la transformación de la civilización, basada en la liberación de impulsos creativos y el florecimiento tanto de la cultura popular como de la alta cultura; protección, conservación y reparación del medioambiente; y comercio internacional mutuamente beneficioso, proporcionando una sólida base para la paz mundial.

     De acuerdo con la teoría del Crédito Social, el núcleo del problema económico, –y, en realidad, social–, consiste en que el sistema financiero reinante es crematocéntrico en lugar de oikocéntrico. No iguala automáticamente el crédito financiero con su crédito real; no es un sistema financiero honesto (no refleja la realidad de manera precisa y exacta).

     A partir de este diagnóstico, la prescripción del Crédito Social viene y aparece de manera lógica y natural. El sistema financiero debe ser adecuadamente modificado de manera que el crédito financiero sea relegado a su correcta posición y propósito, y de ahí en adelante gire alrededor del “sol” del crédito real. El sistema financiero ha de convertirse en “oikocéntrico”.

     Para este fin, el Crédito Social propone el establecimiento de una Oficina de Crédito Nacional, un órgano políticamente independiente del Estado, al que se le adjudicaría la tarea de asegurarse de que el crédito financiero de la economía se subordine debidamente siempre a su crédito real. Nota bene: la O.C.N. es un mecanismo puramente administrativo. Sus actividades vienen determinadas enteramente por los datos estadísticos, y esos datos son el resultado de las libres decisiones de las firmas privadas, de los gobiernos y de los consumidores individuales, en unión con los hechos físicos de los recursos naturales de la economía. En otras palabras, la O.C.N. simplemente registra hechos; no controla ni determina esos hechos, Cf. Social Credit is not a monopoly of the State. En este sentido, es importante también constatar que la reforma monetaria del Crédito Social no es socialista sino distributista. En conformidad con ello, el orden económico del Crédito Social puede describirse como una especie de distributismo de libre mercado o libre empresa. Cf. ¿Por qué el Crédito Social no es Socialismo?

     En primer lugar, la O.C.N. debe asegurarse de que, mientras haya una demanda real de bienes y servicios de consumo, pueda hacer fácilmente disponible suficiente crédito para catalizar la producción. La capacidad productiva física de la economía ha de estar adecuadamente representada por el crédito del productor, hasta la medida en que los individuos dentro de una comunidad deseen demandar o pedir de esa capacidad con el fin de satisfacer sus necesidades. No se dejará ya más que proyectos productivos ventajosos privados o públicos se queden estancados en las mesas de dibujo a consecuencia de “una falta de dinero”. Todo lo que sea físicamente posible y deseable pasará a ser financieramente posible.

     En segundo lugar, la O.C.N. debe asegurarse de que cualesquiera que sean los bienes y servicios producidos, siempre habrá, como cuestión de rutina, suficiente poder adquisitivo en manos de los consumidores para liquidar el correspondiente flujo de precios. Debido a una variedad de factores (obtención de beneficios, –incluyendo beneficios derivados de las cargas de interés–, la reinversión de ahorros, políticas bancarias deflacionarias, impuestos, y el factor A + B, Cf. El núcleo central de la cuestión principal del Teorema A + B de Douglas  (y, por ende, del diagnóstico económico del Crédito Social)) existe una deficiencia subyacente de poder adquisitivo del consumidor en la economía.

     Un sistema financiero que adecuadamente refleje la realidad ha de cubrir esa brecha con poder adquisitivo adicional, de tal forma que haya una igualación entre la tasa de flujo de precios finales y la tasa de flujo de poder adquisitivo del consumidor. Más aún, ha de cubrirla con poder adquisitivo creado libre de deuda o de cualesquiera otros costes. Sólo entonces el flujo circular de la economía podrá restaurarse conforme a un equilibrio auto-liquidable, un equilibrio real, en donde todos los costes son finalmente pagados cada vez que se presentan para su cancelación en el mostrador de venta de los minoristas. Cf. Un Resumen De La Reforma Monetaria Del Crédito Social.

     La O.C.N. emitiría parte de ese crédito compensatorio en forma de precio compensado o Descuento Nacional sobre artículos de consumo en concordancia con la tasa de c/p o consumo/producción de la economía (medida en términos financieros). Esto permitiría a los precios de los bienes y servicios de consumo poder reflejar los costes medios reales de su producción (Nota bene: el coste verdadero o real de la producción consiste en lo que se ha consumido para producirlo). La O.C.N. emitiría la porción restante del crédito compensatorio en forma de Dividendo Nacional. Todo ciudadano, ya esté empleado o no, ya sea rico o pobre, recibiría una participación igual, –mediante poder adquisitivo adicional–, en el beneficio social o excedente de bienes y servicios de consumo (es decir, aquellos bienes y servicios para los cuales se distribuye un volumen insuficiente de ingresos al consumidor durante el curso de su producción). Esta emisión de crédito reflejaría adecuadamente el hecho de que, en una economía industrializada, cada ciudadano es considerado verdaderamente como heredero de la herencia cultural que hizo posible el capital real (sus fábricas, máquinas y equipo, etc.) de la sociedad, así como el hecho de que, debido a los avances tecnológicos tal y como aparecen encarnados en el capital real, el trabajo de todo adulto en los procesos de la economía formal ya no es posible ni necesario. Una economía que reflejara los hechos económicos físicos proveería a la gente con un ingreso que no estuviera ligado al trabajo, y que no estuviera financiado mediante impuestos redistributivos o mediante un incremento en las deudas públicas, sino mediante la donación de dinero “libre de deuda”, y lo haría en las proporciones que fueran necesarias para poder igualar el flujo de los precios de los bienes de consumo con el flujo del poder adquisitivo del consumidor. La superioridad del dividendo del Crédito Social sobre cualquier propuesta de ingreso básico convencional debería resultar patente. Cf. La (¡gran!) diferencia entre un “Ingreso Básico” y el Dividendo Nacional.


     Posdata: Del mismo modo que la economía está en la necesidad de un “giro copernicano” (así llamado en honor al matemático, astrónomo, y sacerdote católico polaco Nicolaus Copernicus (1473-1543), quien introdujo la teoría heliocéntrica), resulta oportuno mencionar que la disciplina académica de la economía está igualmente en necesidad de una revolución copernicana. Los economistas ortodoxos (del mismo modo que muchos economistas heterodoxos) estudian el comportamiento económico e intentan predecir los resultados económicos, pero hacen esto sin entender apropiadamente la forma en que el dinero y el sistema financiero funcionan realmente, y sin ninguna consideración hacia la forma en que el dinero y el sistema financiero podrían y deberían funcionar. Una epifanía ampliamente compartida en relación a la verdad sobre estas materias le daría la vuelta por completo a esta disciplina. A través de las lentes de un sistema financiero crematocéntrico, podría parecer como si la economía estuviera correctamente definida como el estudio de las elecciones que la gente hace al asignar los recursos escasos en su intento por satisfacer deseos ilimitados. En realidad, muchos recursos no son escasos sino que proliferan en gran abundancia, y las necesidades de la gente por los bienes y servicios no son ilimitadas sino bastante finitas. Un sistema financiero oikocéntrico dejaría claro que la economía se define apropiadamente, por el contrario, como el estudio de las elecciones que la gente hace en su intento por cumplir, dentro del contexto de un mundo abundante, el verdadero propósito de la asociación económica: el eficiente suministro de esa serie limitada de bienes y servicios que la gente necesita para sobrevivir y desarrollarse.


[1] La distinción entre crematística y oikonomía fue introducida por Aristóteles en el Libro 1 de su Política. Su postura ha sido ampliamente resumida por Lucy Wadham: “Un amigo mío –que resulta ser un profesor de filosofía (tengan paciencia conmigo)– me explicó recientemente una distinción filosófica, hecha por primera vez por Aristóteles, entre dos visiones del dinero y de su papel en la sociedad. A una él (Aristóteles) la llamó oikonomia (economía), y a la otra él la llamó khrematisike (crematística). La primera, básicamente, se percibe como buena y la segunda como mala. La primera –economía– se refiere a la función útil y benéfica del dinero en relación con el proceso “natural” de producir e intercambiar bienes, mientras que la segunda –crematística– se refiere al arte “antinatural” del dinero engendrando dinero, e incluye mecanismos tales como la especulación y la deuda.” Cf. Le Culte de L’Argent | The Secret Life of France. 


[2] C. H. Douglas, Warning Democracy, 3rd ed. (Londres: Stanley Nott, 1935), 99-100.


[3] El potencial físico de la economía industrial moderna es tal que no debería haber pobreza ninguna en absoluto, y todos nosotros deberíamos estar disfrutando de un mayor tiempo de ocio a medida en que las máquinas hacen más y más el trabajo.

 

 

 

 


Comments

Posted: November 05, 2016

By: Manu

En el primer párrafo, donde dice "el crédito social de la sociedad ha de subordinarse a su crédito real" debería decir "el crédito financiero de la sociedad ha de subordinarse a su crédito real"

Posted: November 05, 2016

By: oliver

Gracias por eso, Manu. Hice la corrección.
Oliver

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