Posted on: February 13, 2015 by M. Oliver Heydorn (traducido por Martin Ant - hispanismo.org)

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¿En qué consiste todo esto del Crédito Social?

     Como ésta es la primera entrada en el cuaderno de bitácora de “El Instituto Clifford Hugh Douglas para el Estudio y Promoción del Crédito Social”, parece conveniente tratar abiertamente de la cuestión central que siempre preocupa las mentes de la mayoría de los recién llegados a este asunto: ¿qué es exactamente el Crédito Social?

     El Crédito Social se refiere tanto a un cuerpo de pensamiento lógicamente consistente, coherente y convincente (que fue por primera vez articulado por el ingeniero británico, Mayor C. H. Douglas), como a un fenómeno, una realidad en el mundo, que incorpora un increíble número de diferentes aspectos. Esa realidad se define más concisamente como: “el poder de los seres humanos trabajando en asociación para conseguir resultados buscados.” Para poder iniciar al lector lo más efectiva y eficientemente posible en el Weltanschauung del Crédito Social, será de ayuda aislar justo uno de estos aspectos y presentarlo como una especie de recurso heurístico, como aquél hilo unificador dentro de la perspectiva del Crédito Social que mejor adaptado está para servir como un punto de entrada para el neófito contemporáneo.

     Se está reconociendo cada vez más, desde los más diversos sectores, que nos estamos yendo de cabeza hacia una crisis económica, social y política sin precedentes. El progreso tecnológico no sólo reduce el ámbito del empleo útil (es decir, el empleo en el cual uno debe participar si se quiere que se produzcan toda la gama de bienes y servicios independientemente deseados), sino que también es incompatible, en última instancia, con una política de pleno empleo, es decir, la idea de que todo adulto corporalmente sano debe o debería trabajar en la economía formal para poder participar en ella como consumidor, o por el contrario se verá obligado a ser sostenido por aquéllos que hacen trabajo en caso de que no hubiera suficiente trabajo disponible. En nuestro mundo moderno e industrializado, las herramientas que se mueven con energía, los procesos automatizados, y las máquinas pensantes (ordenadores, robots, etc…) permiten a las sociedades producir más y/o mejores bienes y servicios con cada vez menos y menos gente realmente trabajando. Ésta es, de hecho, la propia razón por la que fueron inventados en primer término: para ahorrar tiempo y esfuerzo. Durante las primeras fases de la industrialización, los individuos arrojados del trabajo por la máquina a menudo eran capaces de ser reabsorbidos como trabajadores en nuevas industrias que el desarrollo tecnológico había hecho igualmente posibles. El problema es que estamos alcanzando muy rápidamente la fase, en gran medida gracias a los ordenadores y la robotización, en que resultará inútil y, en realidad, imposible (a través de las varias formas de sabotaje económico que se están empleando hoy en día) intentar de ocultar el hecho de que la capacidad de la industria para hacerse cargo del personal laboral desplazado había ya alcanzado su punto de saturación real desde hacía muchas décadas. Se está convirtiendo en algo cada vez más y más difícil proporcionar a todo el mundo un trabajo… cualquier trabajo… y ciertamente ya es imposible proporcionar a todo el mundo un trabajo útil en la economía formal. Pero, si un ingreso puede solamente conseguirse a partir del trabajo, ¿cómo van a alimentarse, vestirse y alojarse todas esas personas que no pueden encontrar trabajo? ¿Habrán de ser fuertemente gravados con impuestos el número de empleados cada vez más decrecientes para así poder sostener a los parados? ¿Habrán de dejarse a estos últimos que se mueran de hambre o que se vuelvan a una vida de crimen? (Cf. inteligencia artificial – automatización del trabajo, Nación Robótica, La Edad de Oro).

     En efecto, ¿cómo se va a hacer frente a este desafío del siglo XXI? En lugar de insistir ciega y estúpidamente en una política de pleno empleo, en unión con el tremendo despilfarro y destrucción social y del medio ambiente que aquél implica, el Crédito Social propone que la política del pleno empleo sea desechada. En su lugar, debe introducirse un mecanismo financiero de tal forma que todo aquél cuyo trabajo no sea requerido por el programa de producción independientemente determinado por la sociedad pueda, sin embargo, tener acceso a los bienes y servicios. Este mecanismo, denominado “el Dividendo Nacional” por los Creditistas Sociales, proporcionaría, junto con otra propuesta correctiva denominada “el precio compensado”, a cada individuo un grado básico de seguridad económica, independencia y libertad, de tal forma que las necesidades fundamentales pudieran ser satisfechas adecuadamente. El estado resultante sería uno de ocio creciente: la libertad (tanto negativa como positiva) de elegir por uno mismo en qué actividades útiles y, especialmente, en qué actividades creativas se participará fuera de las horas del empleo formal. Puesto que el ocio es la base de la cultura (Cf. Josef Pieper), se podría esperar, como consecuencia inevitable, que las actividades culturales florecieran como nunca antes.

     En esta cuestión particular del pleno empleo vs. ocio creciente, el Crédito Social, pues, se distingue él mismo por mantenerse firmemente del lado del ocio creciente, en directa oposición con el orden económico y financiero actual, el cual, independientemente de que hablemos de él en sus disfraces de capitalista, de socialista o de economía mixta, está comprometido con una política de pleno empleo, sin importarle cuán imposible sea de aplicar o cuán inapropiada pueda ser una política semejante.

     El Crédito Social también sostiene que tanto el Dividendo Nacional como el precio compensado (y, de ahí, la política de ocio creciente), puede ser fácilmente implantada a través de algunos relativamente simples ajustes hechos al sistema financiero existente, lo cual produciría simultáneamente un número de reacciones en cadena de beneficios (por ejemplo, la eliminación de: a) tanto la inflación proveniente del tirón de la demanda, como la proveniente del empuje de los costes; b) de los ciclos alternantes de “booms” económicos y pinchazos de burbujas; c) del sabotaje económico tanto en su forma general como en sus formas específicas; d) de las presiones financieras inhumanas; e) de las deudas crecientes e impagables, incluyendo las deudas públicas crónicas; y f) de los niveles opresivos de los impuestos, así como un número de beneficios extraeconómicos en forma de mejoras sociales, culturales, políticas, internacionales y medioambientales). Ésa realidad que, desde un nivel físico, permite enormes incrementos en la productividad mientras decrece la incorporación de trabajo humano en los procesos productivos, es decir, el reemplazamiento del trabajo humano por el trabajo mecánico, constituye la misma realidad que, desde un nivel financiero, es principalmente responsable de una brecha creciente entre el ritmo al que los precios de los bienes y servicios de consumo se generan y el ritmo al que los ingresos del consumidor se distribuyen en su fabricación. Debido a las convenciones que actualmente gobiernan el modo en que el capital real es financiado y el modo en que los costes industriales son contabilizados, los precios finales exceden a los ingresos con los cuales podrían ser liquidados aquéllos. A diferencia de los métodos convencionales de la gestión macroeconómica que confía principalmente en la inyección de dinero-deuda adicional para cubrir esa brecha (ese dinero no cancela finalmente los costes sino que simplemente desplaza la obligación de pagarlos a un tiempo futuro), el Crédito Social propone, en lugar de ello, “matar dos pájaros de un tiro” rellenando la brecha con crédito libre de deuda y usando una cierta proporción de él (que será cuidadosamente calculado) para financiar el precio compensado, y la porción restante para financiar el Dividendo Nacional. Esto restaurará el equilibrio real al flujo circular, haciendo al sistema de precios autoliquidante, concediendo simultáneamente acceso a los bienes y servicios a aquellos individuos cuyo trabajo no es requerido por el programa de producción independientemente determinado por la sociedad. Ya que esto no implica impuestos redistributivos o un incremento en el endeudamiento público, la superioridad práctica y financiera de un Dividendo Nacional por encima de cualquier propuesta de “Ingreso Básico” o “Ingreso Ciudadano” debería resultar patente.

     En esta coyuntura, el lector podría muy bien preguntar: ¿Por qué no fueron implantados esos ajustes del Crédito Social hace décadas? Existe un número de razones, pero la más importante podría resumirse bajo el encabezamiento de “intereses creados”. El principal de estos intereses creados lo constituye el monopolio que, para todos los efectos, ejercen los bancos privados sobre el suministro de dinero. Hablando en sentido general, los bancos privados crean y emiten crédito bancario (que normalmente constituye el 95 % o más del dinero de una nación) en forma de deuda (como la contraparte de un préstamo) o en forma de una deuda equivalente (por ejemplo, el dinero emitido a cambio de títulos financieros es destruido cuando esos títulos financieros son vendidos por un banco). Rompiendo este monopolio mediante la emisión por un órgano del estado de suficiente crédito libre de deuda para ayudar a contrarrestar los precios desequilibrados, haría destruir el apalancamiento con el que los bancos privados cuentan para transferir ilegítimamente el poder adquisitivo, la propiedad y el control sobre la política social y económica desde el consumidor común a ellos mismos. La situación se complica por el hecho de que los centros de información-divulgación, incluyendo las instituciones educativas y los medios de comunicación establecidos, dependen de la finanza directa e indirectamente y, por tanto, están inclinados a servir al sistema financiero transmitiendo únicamente información técnica y de orientación que refuerza al orden existente. Mediante la influencia y el control del flujo de, y del acceso a la información relevante, la opinión pública puede ser efectivamente moldeada en la dirección deseada. Además de la barrera de los intereses creados, sin embargo, también existen aquellas falsas filosofías sociales (con sus correspondientes políticas desastrosas) que han capturado las mentes de muchos individuos. La principal de entre todas ellas la constituye esa corrupción del auténtico cristianismo, también conocida como Puritanismo. Mucha gente sufre de una serie de obsesiones psicológicas puritanas que les impide abrazar libremente, humildemente y con agradecimiento la reducción en la necesidad de trabajar en la economía formal hecha posible por los desarrollos industriales. Ellos, blasfemando, afirman que “nadie debería obtener algo por nada”, o de que es en realidad imposible obtener algo por nada. Nadie piensa que la vida misma, así como las más básicas de nuestras necesidades como el oxígeno en el aire que respiramos, son todas ellas dones gratuitos.

     Para obtener un mejor entendimiento de estas materias, por favor dediquen 45 minutos de su tiempo en escuchar atentamente la siguiente presentación que fue dada por mi amigo, el Sr. Wallace Klinck, el 8 de Marzo de 1971, en Edmonton, Alberta. Es una de las más sucintas charlas sobre Crédito Social que probablemente se hayan realizado nunca. “Crédito Social, Desempleo y Ocio” proporciona una ordenada introducción al Crédito Social en todos sus aspectos más característicos al mismo tiempo que lleva a su verdadero sentido los temas centrales de “Pleno Empleo vs. Ocio Creciente”, de “Poder Centralizado vs. Poder Descentralizado”, y de “Sistemas Sociales y Financieros Funcionales vs. Disfuncionales”. Estaría muy bien tener éxito en efectuar una benevolente revolución en la concepción del lector del mundo social en sus dimensiones económicas, políticas y culturales.

 


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