Posted on: April 28, 2016 by M. Oliver Heydorn (traducido por Martin Ant - hispanismo.org)

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El Sol Nunca Dice…


 “Aún después de todo este tiempo,
      el sol nunca dice a la tierra,
       ‘Estás en deuda conmigo’.
Mira lo que pasa con un amor como ése…
          Ilumina a todo el cielo.”

 

     El anterior poema es ampliamente atribuido, y muy probablemente de manera falsa, al gran poeta persa Hafez (1325/26 – 1389/90) [1]. Sea como fuere, “El sol nunca dice” destaca exitosa y adecuadamente la realidad y el poder del don; del “algo por nada”, que es inherente a la naturaleza misma de la realidad.

     Por razones ideológicas y, sin duda, políticas, la economía ortodoxa ha intentado sepultar el concepto de don, para expulsarlo de la esfera de la economía con el mantra –repetido sin fin como si fuera una forma de tortura china de la gota de agua– de que “¡Las comidas gratis no existen!”

     En oposición directa a las enseñanzas de la economía ortodoxa, la teoría del Crédito Social afirma la existencia de la “plusvalía o beneficio originado a partir de la asociación”. La pura verdad es que, esa muy difamada “comida gratis” es una realidad que aparece operativa en todas las esferas de actividad con las que estamos familiarizados, incluyendo el acto de producción.

     El ser, esto es, la realidad o la naturaleza, está construida de tal forma que cuando dos o más elementos diferentes se conjuntan el uno con el otro dentro de una relación o asociación apropiada, el poder que estos elementos tienen entonces para hacer o efectuar cambios en el mundo es mayor que el de la mera suma de sus partes componentes. Es decir, el poder o producción puede multiplicarse mediante la aparente “magia” de la asociación, siendo el excedente (es decir, aquello que excede a la aislada contribución de cada elemento por separado) que sobreviene de la asociación en su conjunto como un don superabundante. Este excedente no es propiedad exclusiva de ninguno de los componentes, ni tampoco ha sido merecido por ninguno de ellos en virtud de ningún trabajo o servicio. Se trata de algo ganado a cambio de nada, o una comida gratis.

     Uno de los ejemplos más simples de la plusvalía que se origina a partir de la asociación es el de una palanca. Una palanca es un artefacto mecánico que consiste en la asociación de una viga o tablón con un fulcro sobre el cual pude apoyarse o pivotar la viga. Aplicando fuerza a uno de los extremos de la viga, las palancas permiten a los seres humanos mover pesos en el otro extremo con menos esfuerzo que el que requeriría una aplicación directa de fuerza. El esfuerzo ahorrado o, alternativamente, el movimiento de un objeto que, de otra manera, no habría podido ser movido con la fuerza de la mano, constituye esa plusvalía originada a partir de la asociación que revierte en favor de aquel ser humano que es lo suficientemente inteligente para hacer uso de la palanca.

     Toda la realidad está impregnada de asociaciones de varios tipos y de sus correspondientes plusvalías. Los sistemas biológicos no podrían funcionar sin ellas. La sociedad misma no tendría razón de ser si no hubiera ningún provecho, ni beneficio, en el hecho de asociarse con nuestros compañeros en la persecución de objetivos comunes. Si aprendemos a identificar y aprovechar estas plusvalías, seremos capaces, en cierto sentido, de obtener algo “más” de lo que introdujimos en el sistema al comenzar. Nuestros beneficios excederán nuestros costes.

     El campo económico no constituye una excepción. Existe una plusvalía que se origina a partir de la asociación económica, y que se hace posible mediante la conjunción de recursos naturales, la cooperación entre individuos y grupos, y la aplicación de la herencia cultural (es decir, los descubrimientos e innovaciones de los científicos, ingenieros, organizadores, etc.) en la fabricación de capital real (máquinas y equipo). Bajo las condiciones industrializadas modernas, la apropiada asociación de estos elementos hacen posible la producción de todos los bienes y servicios que la población pueda usar con provecho para ella misma, al mismo tiempo que se va empleando cada vez menos y menos trabajo humano. Este excedente de bienes y servicios de consumo que pueden o podrían producirse bajo condiciones industriales, en comparación de lo que los seres humanos estarían produciendo si no poseyeran herramientas de ningún tipo, constituye el beneficio económico de la sociedad o la comida gratis económica.

     Desde una perspectiva de Crédito Social, el mayor problema que hay con el actual orden económico existente es que el sistema financiero convencional no está diseñado para reconocer o distribuir equitativamente esa comida gratis. En lugar de ello, permite al sistema bancario privado usar su actual poder de monopolio sobre la creación de dinero como una forma de control o dominio, de tal forma que el acceso a ese beneficio social solamente se concede bajo condiciones asimétricas o irregulares. Esto produce como consecuencia la transferencia de la riqueza, privilegios y poder de manos de la ciudadanía común a manos de la élite financiera. Producción y consumo, las actividades de la economía real, pasan a estar en deuda con el sistema bancario y sus operadores. Si bien muchos reformadores financieros cometen el error de pensar que este problema constituye EL problema que existe con el sistema financiero, en realidad se trata de un asunto secundario. El problema más fundamental se encuentra en el sistema de precios y su fallo o fracaso a la hora de monetizar –en total provecho del consumidor y, en consecuencia, en forma gratuita o libre de deuda– la plusvalía que se origina de la asociación económica, y que es ya una característica propia de la economía física.

     Como ya habrán advertido los seguidores de este blog, la mayor parte de la oferta monetaria (+ 95 %) en cualquier país desarrollado existe en forma de crédito bancario. Ahora bien, este crédito bancario, –es decir, números intangibles, abstracciones enumeradas o dinero en anotaciones en cuenta–, es creado por los bancos privados y, para todos los efectos, es emitido o inyectado en la economía en forma de deuda de un tipo o de otro. Siempre que un banco hace un préstamo o adquiere títulos-valores, etc., se crea dinero nuevo en forma de crédito bancario, y siempre que se devuelve un préstamo, o se vende o redime de alguna otra forma una adquisición bancaria de títulos, se destruye el dinero en forma de crédito bancario. Todo el dinero que un banco inyecta en la economía, buscará recobrarlo o retirarlo de la economía en un momento u otro. Ningún dinero del que inyecta constituye un don gratuito.

     Pero, estimado lector, ¿dónde, oh, dónde está escrito que todo el dinero de la sociedad debería inyectarse en la economía en forma de deuda (o en forma equivalente a una deuda); una deuda que se debe a los bancos privados? Ésta es, para todos los efectos, la convención actual; pero las convenciones pueden cambiarse. En efecto, si las susodichas convenciones interfieren en el cumplimiento del original y único auténtico propósito de la economía –tal y como el Crédito Social afirma que hacen– entonces deberían ser adecuadamente alteradas.

     Lo que el Crédito Social propone es que, en lugar de un sistema basado en deudas omnipresentes por todos lados, es necesario (es justo y conveniente) que una cierta proporción de oferta o suministro monetario –la cual representaría esa plusvalía que se origina de la asociación económica, es decir, el beneficio social– sea inyectada a la economía en forma de crédito “libre de deuda”.

     La emisión de todo el dinero como “dinero-deuda” no supondría ningún problema por sí mismo si el flujo circular realmente funcionara en la forma que los economistas ortodoxos afirman que funciona. Esto es, si el dinero creado y prestado para la producción igualara a) el dinero recibido por los consumidores (por medio de salarios, sueldos y dividendos) y realmente gastado en bienes y servicios, el cual a su vez igualara b) los costes y, por tanto, los precios de la producción puesta en el mercado, entonces no habría ningún problema. El flujo circular manifestaría un equilibrio perfecto y automático, con un flujo de ingresos derivados de la producción en igualación o equilibrio con el flujo de precios que ese mismo volumen de producción ha generado.

     Douglas descubrió que, bajo las condiciones industriales modernas, el sistema financiero reinante (es decir, el sistema bancario en conjunción con el sistema de contabilidad de costes) provoca que el flujo circular se desvíe del patrón de equilibrio antes mencionado. El dinero creado y prestado para la producción no iguala al dinero recibido por los consumidores (por medio de salarios, sueldos y dividendos); e incluso si todos los ingresos del consumidor disponibles se gastaran en bienes y servicios (en lugar de ahorrarse o reinvertirse), el flujo de ingresos no igualaría los costes y, por tanto, los precios que el sistema industrial se ve obligado a cargar para que todos sus gastos y cargas asignadas puedan ser atendidas y evitar así la bancarrota.

     En oposición al funcionamiento ideal y apropiado del flujo circular tal y como fue imaginado por la ley de Saw, el flujo circular real continuamente se ve socavado debido a que el proceso de producción genera precios a un ritmo más rápido que el ritmo al que distribuye ingresos a los consumidores. Hay una escasez crónica de suficientes ingresos del consumidor en relación a los correspondientes precios; el sistema de precios está inherentemente desequilibrado. (N.B. El factor primordialmente responsable del beneficio social –es decir, el capital real o físico– es también el mismo factor principalmente responsable de provocar que los costes excedan a los ingresos).

     La prescripción terapéutica que se ha de aplicar se deduce de manera muy natural a partir del diagnóstico. El objetivo clave de la reforma financiera del Crédito Social consiste en restaurar un equilibrio autoliquidante al flujo circular económico. En lugar de los paliativos convencionales que se utilizan hoy día para intentar restaurar el equilibrio en cada periodo económico –siendo de entre ellos el principal la toma de más préstamos adicionales de créditos recién creados por los bancos privados, en forma de préstamos a las corporaciones, préstamos públicos o préstamos a los consumidores–, el Crédito Social propone el establecimiento de una Oficina de Crédito Nacional (OCN) a fin de romper el control monopolístico de los bancos sobre el sistema financiero. La OCN asegurará, entre otros fines, que haya suficiente poder adquisitivo en manos de los consumidores para cubrir todos los costes y, por tanto, los precios de la producción a medida que los bienes y servicios de consumo entran en el mercado. Una cierta porción de este crédito compensatorio se distribuiría a cada ciudadano en forma de un Dividendo Nacional –posiblemente, de manera mensual– mientras que otra porción, el Descuento Nacional o precio compensado, permitiría que los bienes y servicios de consumo se pudieran vender en una adecuada fracción de sus costes financieros (correspondiéndose dicha fracción a sus verdaderos o naturales costes de producción).

     En contraste con la práctica habitual de los bancos privados, el dinero distribuido por la Oficina de Crédito Nacional (OCN) en forma de Dividendo Nacional y Descuento Nacional vendrían a ser dones libres o gratuitos para la economía; la OCN no haría ningún intento de recuperar o retirar el crédito que inyecte. Es por esta razón que el crédito compensatorio de la OCN a menudo ha sido descrito como un crédito “libre de deuda”. Se emite sin ninguna obligación de parte de los receptores de tener que devolverlo a la OCN; se emite sin crear al mismo tiempo un coste correspondiente. Cuando es recibido por los minoristas a cambio de sus productos, a continuación es utilizado para devolver los préstamos que se les concedió para la producción, y/o para renovar su capital circulante. Puesto que se emite en la proporción correcta para poder atender los costes de producción pendientes o sin liquidar (con independencia de que éstos se compongan de deudas bancarias pendientes o de otros costes), no hay peligro de que el crédito compensatorio incremente o cause inflación. El crédito emitido para atender el excedente de costes, o bien será destruido en la devolución de un préstamo bancario, o bien será utilizado para renovar el capital circulante. Desde el punto de vista de los consumidores, sin embargo, el crédito compensatorio es en realidad un don gratuito, una comida gratis, y la lección del Crédito Social es que, a menos que el sistema financiero otorgue este don gratuito a la ciudadanía, el sistema económico no podrá conseguir un equilibrio real, esto es, autoliquidante. En otras palabras, sin el don del crédito “libre de deuda”, no se podrá hacer funcionar a la economía de una manera estable, eficiente, eficaz y justa. La economía necesita de este don.

     Y de esta forma nos vemos enfrentados con un dilema: o bien podemos continuar rechazando blasfemamente la posibilidad de un más fácil, más libremente fluido, acceso a esa abundancia hecha posible por los designios de Dios y los dones gratuitos de la naturaleza (con la justificación puritana y falsa de que “no debe haber nunca riqueza alguna sin trabajo previo”, es decir, “toda la riqueza deber ser merecida, o ganada a cambio de trabajos o servicios”); o bien podemos agradecida y humildemente abrazar nuestra buena fortuna como la bendición que realmente es, y reenfocar nuestra atención y esfuerzo hacia planes de actividad completamente más elevados.

 

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[1]   http://www.payvand.com/news/09/apr/1266.html

 

 

 


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