Posted on: October 07, 2016 by M. Oliver Heydorn (traducido por Martin Ant - hispanismo.org)

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Crédito Social y Migración Masiva

     Vivimos ahora en una era de migraciones masivas y de rumores de migraciones masivas. Con el término de “migración masiva” nos estamos refiriendo, por supuesto, al movimiento, no solamente de grandes números de gentes, sino de grupos enteros de gente –que constituyen varias formas o gestalts raciales-culturales– en masa, de una nación o región a otra. Cuando se trata de explicar por qué está ocurriendo esta migración masiva; por qué es, en general, un fenómeno negativo; y lo que se puede hacer para reducir los flujos migratorios hasta proporciones y formas más sanas, la teoría del Crédito Social aparece como algo que tiene mucho que contribuir al debate público.


La causa económica detrás de la migración masiva

     Ha sido un lugar común el tratar de explicar la existencia de la migración masiva en la era moderna en términos de avances tecnológicos y, particularmente, en términos de revoluciones en los medios de comunicación y de transporte, como si todo ello fuera fundamentalmente un desarrollo natural. Esto pasa por alto el hecho de que una gran parte de las más recientes oleadas de migración masiva –aquéllas con las que estamos más familiarizados– han sido realmente efecto de una política económica internacional. La tecnología es lo que hace que la migración masiva sea posible, sin duda, pero realmente ella no explica por qué está ocurriendo. A esta cuestión del por qué, el Crédito Social proporciona una respuesta original y convincente.

     El análisis del coste por el Crédito Social revela que el sistema financiero estándar está inherentemente desequilibrado. No provee automáticamente al consumidor de dinero suficiente en forma de ingresos con los que poder contrarrestar los costes de la producción. Esta escasez o deficiencia crónica de poder de compra del consumidor significa que la economía es también fundamentalmente inestable puesto que es, en mayor o menor medida, estructuralmente insolvente. A fin de restaurar la estabilidad, el actual modelo económico intenta conseguir una aproximación de equilibrio: a) tomando prestado y trayendo a la existencia más créditos adicionales a la producción a partir de los bancos privados, con el fin de financiar expansiones de negocios (especialmente para más bienes adicionales de capital y de exportación) o nueva producción del gobierno; o bien: b) tomando prestado y trayendo a la existencia más créditos adicionales al consumidor, directamente en forma de préstamos al consumidor. En ambos casos, la economía se dedica o consagra ella misma a un programa de perpetuo crecimiento económico a fin de poder mantenerse a flote. El crecimiento viene a resultar obligado como condición necesaria para la supervivencia económica.

     Los países que han tenido más o menos éxito en cubrir la brecha precio-ingreso tienen, de esta forma, un poderoso incentivo para incrementar continuamente las poblaciones dentro de sus fronteras, de tal forma que sus economías puedan continuar expandiéndose. Si la ciudadanía nativa no está teniendo suficiente número de niños como para poder soportar el nivel requerido de crecimiento, entonces habrán de “importarse” del exterior grandes números de unidades adicionales de productores-consumidores (también conocidos con el nombre de seres humanos) a fin de poder mantener el impulso económico. Al mismo tiempo, los países económicamente estancados que han tenido menos éxito en cubrir la brecha, o incluso simplemente en producir bienes y servicios en primer lugar, también se les proporciona un incentivo para exportar gente a la que no se le puede suministrar un sustento adecuado. Esto ayuda a liberar algo de la presión política, social y económica que dichos ciudadanos desempleados o subempleados ejercen sobre sus respectivas naciones y, especialmente, sobre cualesquiera servicios sociales que puedan poseer.


El carácter negativo de la migración masiva

     El respeto a lo orgánico (es decir, aquello que surge espontáneamente de dentro) es un sello de autenticidad de la filosofía y la política del Crédito Social. La gran objeción del Crédito Social a la migración masiva y al tipo de sociedades multiculturales que produce la migración masiva consiste en el carácter completamente inorgánico que tienen ambas. La gente no cae presa de un espontáneo deseo por desarraigarse permanentemente viajando miles de millas lejos de sus hogares, a menudo intercontinentalmente, porque tengan un arrollador afán o apetencia de enriquecer la cultura de otras personas o por amor al viaje. Lo hacen porque el sistema financiero reinante (entre otros posibles factores) hace difícil, por no decir extremadamente difícil, a mucha gente el poder conseguir un estándar de vida decente en sus propios países de origen. Las naciones más holgadas están todas muy ansiosas de dar la bienvenida a esos inmigrantes –que pueden ser comparados a “refugiados” huyendo de la opresión financiera– como potenciales suplementos económicos. Siempre y cuando haya dinero disponible, toda esa gente producirá y, sobre todo, consumirá, ayudando así a satisfacer la necesidad del continuo crecimiento económico.

     Sin embargo, esta movilización forzosa de gente crea un buen número de problemas. En primer lugar, conduce al dilema de la integración. A lo largo del mundo y, especialmente, del mundo occidental, diferentes tipos de gentes están siendo obligadas a vivir en un mismo espacio geográfico con motivo de circunstancias que se les ha impuesto a todas ellas por fuerzas externas. Al mismo tiempo, las sociedades, por necesidad, han de disfrutar de un cierto grado de cohesión social a fin de poder funcionar [1]. Pero, ¿cómo se va a poder unir con éxito a gentes dispares que no tienen intereses comunes reales más allá de los económicos, lo cual, bajo el actual sistema, es lo mismo que decir “el dinero”? Los dos grandes modelos que se han desarrollado para abordar este desafío de la integración son el de crisol, tipificado por los Estados Unidos, y el modelo de mosaico multicultural, que algunos podrían decir que está tipificado por Canadá. La primera política intenta disolver las diferencias culturales individuales en nombre de una común identidad, mientras que la segunda disuelve la común identidad en nombre de la preservación de las diferencias culturales individuales. Ambas políticas están destinadas al fracaso; la primera, al negar o al menos minimizar la incomunicabilidad de culturas orgánicamente formadas o derivadas, y la segunda por su fracaso en satisfacer la necesidad funcional que tiene toda sociedad de una identidad y ligazón común sustantiva. Ambas políticas son políticas de integración forzosa, y el forzar a grupos dispares de gente a vivir juntas constituye una utopía, esto es, está fuera de la realidad:

     Sin tener que llevar la concepción alemana del Blut und Boden hasta las absurdas extensiones características de sus protagonistas, solamente la clase de mentes que han absorbido las abstracciones de Bloomsbury cuestionaría la enorme porción de verdad que aquélla encierra. Una nación es, entre otros factores, una cultura; y si bien una cultura probablemente contenga muchos componentes que no deriven del suelo, resulta cierto que ninguna cultura que no esté arraigada en el suelo y relacionada o interconectada racialmente con él, podrá tener el carácter de permanencia [2].

     Pertenece a la esencia de las ideas del Crédito Social la existencia de una conexión orgánica entre pueblos, razas e individuos; y los suelos formados de porciones particulares de la superficie terrestre que son de carácter individualista [3].

     El segundo gran problema con la inmigración masiva es el problema que supone para la supervivencia de la cultura anfitriona. Del mismo modo que hay un derecho a no ser desplazado, también hay un derecho a no ser invadido. Todas y cada una de las gentes que comparten una unidad cultural derivada o formada históricamente tienen el derecho natural a proteger, preservar y promover su propia identidad común, forma de vida y herencia, así como también a ser libre para determinar su propio destino común (estableciendo un gobierno que genuinamente represente sus propios intereses), siempre y cuando al hacer esto actúen siempre en conformidad con la ley moral. Hablando en un contexto británico, Douglas pensaba que un nivel razonable de inmigración habría de significar o implicar pequeños números de individuos culturalmente compatibles (en oposición a grandes grupos). El precio a pagar por violar esta propuesta política sería la pérdida de la continuidad con el pasado y la eventual destrucción de la cultura británica:


     No resulta difícil comprender que las leyes de naturalización o nacionalización guardan una relación vital con esta materia; y que las leyes de naturalización se ven afectadas o influidas no solamente de un modo cuantitativo sino también de un modo esencial por la relación que tiene la cultura del inmigrante con aquella otra del país de su elección. Por ejemplo, dejando al margen unos pocos lugares costeros, la cultura del Continente Norteamericano en el siglo XVII era la de los indios norteamericanos.

     La inmigración ha aniquilado esa cultura, no exclusivamente –o siquiera principalmente– a través de matanzas fronterizas, sino también por la pura incompatibilidad de la cultura indígena con la del inmigrante. El inmigrante mismo era en general una variante de la cultura general europea, aunque de diferentes poblaciones nacionales; y una cultura con rasgos europeos reconocibles fue algo característico de los Estados Unidos hasta el último cuarto del siglo XIX, como lo es hoy día en Canadá. Una consideración de la historia de la expansión americana lleva a que se vea como un aspecto entre sombrío y humorístico la preocupación por el indio que ahora tanto prevalece en los Estados Unidos.

     La inmigración y la cultura que se está imponiendo sobre Gran Bretaña mediante todo tipo de mecanismos de propaganda y presiones económicas, sociales y políticas encubiertas, no es fundamentalmente europea, no viene acompañada de inmigración de poblaciones europeas, y es tan incompatible con la cultura nativa como lo era la cultura europea con la de los indios norteamericanos. Se puede sostener –y es algo que se argumenta o sostiene de manera muy ruidosa– que un pequeño influjo de poblaciones extranjeras puede ser absorbido sin grandes desventajas. Pero debe ser pequeño, y es esencial que sea absorbido. Nuestra población extranjera no es pequeña (sus dimensiones han sido sistemáticamente falseadas); está incrementándose, y no está siendo absorbida [4].

     La profilaxis para el conflicto cultural consiste en reconocer y respetar el hecho de que los individuos pertenecen naturalmente a diferentes grupos, y que todos esos grupos tienen genuinos intereses que deberían ser protegidos y promovidos, y no los de uno solo cualquiera de ellos a expensas, de manera ilegítima, de los de cualquier otro grupo. El Crédito Social, por tanto, es incompatible con cualquier tipo de supremacismo conforme al cual un grupo de gente tenga un derecho natural a dominar, controlar o imponerse de cualquier otra forma sobre los otros. En lugar de que un grupo se imponga, debería haber un mutuo respeto entre todos. Como parte de este respeto mutuo debe concederse, sin embargo, el derecho de cada nación a restringir los flujos migratorios de acuerdo a sus propios intereses.

     Hay un punto final que ha de realizarse para abordar o atajar este asunto: nadie debe perder la vista sobre el hecho de que el tipo de cambios demográficos y culturales que está experimentando actualmente el mundo occidental –cambios que probablemente se vayan a intensificar en el futuro– no constituyen meramente un fenómeno económico. También sirven a los objetivos políticos de aquéllos que desearían centralizar el poder, el económico, el político y el cultural, en manos de una oligarquía plutocrática internacional. Las naciones multiculturales pierden su raison d´être por ser naciones en primer lugar. No nos equivoquemos al respecto: la migración masiva y sus consecuencias culturales constituyen la política del N.O.M.:

     En ésta, la más grave crisis de la historia mundial, resulta esencial darse cuenta de que las apuestas con las cuales se está jugando son tan altas que, a los jugadores de un lado, como mínimo, ya no les importaría más la inmolación de poblaciones enteras de un continente que la muerte de un gorrión [5].

No apoyemos, bajo la influencia del marxismo cultural y su insostenible (pero aparentemente seductor) concepto de “igualdad”, una política que sólo promete contribuir más aún a la ruina de todos nosotros.


La solución del Crédito Social a la migración masiva

     La solución del Crédito Social al fenómeno de la migración masiva es tan sencilla como su diagnóstico. Restáurese –a través de una reforma adecuada del sistema monetario– un equilibrio autoliquidante, distributivo, al flujo circular (Cf. Un resumen de la reforma monetaria del Crédito Social: http://hispanismo.org/economia/20169-articulos-del-clifford-hugh-douglas-institute-oliver-heydorn-w-klinck-etc.html#post137003), y no habrá ya más necesidad alguna de deudas públicas, empresariales y al consumidor, de carácter compensatorias. Elimínese la necesidad de un endeudamiento cada vez más creciente, y se eliminará la presión artificial actualmente ejercida en favor de un constante crecimiento económico. Elimínese el crecimiento económico como requisito necesario para la supervivencia económica y, ni aquellos países que han conseguido satisfacer la exigencia de crecimiento importando más gente, ni aquellos países que han renunciado a satisfacer cualquier exigencia de esa clase y consecuentemente han exportado algunos de sus propios ciudadanos, no tendrán necesidad alguna de ser o bien importadores netos o bien exportadores netos de seres humanos. La inherente insolvencia del actual orden financiero –que hasta ahora ha servido como la dinamo o motor que ha estado dirigiendo o impulsando los flujos migratorios– habrá sido neutralizada apropiadamente, y el fenómeno de la migración masiva será cosa del pasado.

     Equilibrar el sistema financiero conforme a los lineamientos del Crédito Social estabilizaría la economía; y una economía inherente o endógenamente estable –una economía que no tenga que mirar o ir fuera de ella misma a fin de poder asegurar (o salvar) su propio funcionamiento– proporcionaría la base material para una cultura estable y orgánica. En efecto, una pluralidad de naciones de Crédito Social traería consigo la puesta de un fundamento financiero sano para el mutuo respeto y armonía en el escenario internacional. El creditista social anticipa un mundo en donde las palabras del profeta Miqueas podrían eventualmente parafrasearse de la siguiente manera: “Cada pueblo se sentará bajo su parra y bajo su higuera, sin que nadie lo perturbe” [6].

 

 

 

 

 

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[1] La cohesión social es, de hecho, una necesidad funcional, es decir, cuanto mayor y más orgánica sea la cohesión cultural de una sociedad, más fácil debería ser obtener aquellas cosas que se hacen en asociación. Tales sociedades se benefician de “(…) la inmensa estabilidad subyacente a la homogeneidad de la raza.” C. H. Douglas, The Brief for the Prosecution (Liverpool: K.R.P. Publications Ltd., 1945), 78.

Por otro lado, solamente es estrictamente necesario un cierto nivel de cohesión social para que los sistemas político y económico de un país puedan funcionar tolerablemente bien. Los beneficios que podrían derivarse de niveles incrementados de cohesión social no pueden ser objeto de legislación, porque no se puede legislar lo orgánico. Por esta razón, si bien es ciertamente aceptable usar la fuerza coactiva del estado a fin de preservar lo orgánico, no se puede utilizarla para forzar la completa sumisión cultural de los inmigrantes una vez que se les ha permitido la entrada. Francia, por ejemplo, estaba totalmente en su derecho de rehusar permitir la inmigración musulmana, ya proviniera del Norte de África o de cualquier otro sitio, a fin de preservar su propia identidad. Sin embargo, una vez admitida, no puede haber justificación alguna para forzar a los musulmanes a someterse a las normas culturales francesas cuando no entra en juego ningún asunto relacionado con la salud, la seguridad o la común decencia. Las actuales prohibiciones acerca de vestir la Hijab en los edificios públicos, o vestir el Burka en cualquier parte en público, van más allá de las necesidades funcionales estructurales de una asociación política. Son imposiciones injustificables y están destinadas a dar como resultado resentimientos y crecientes insatisfacciones, en lugar de la aparentemente deseada finalidad de una creciente integración. Dicho en términos más generales: aquellas necesidades funcionales que no son sistémicas o estructurales (con lo cual me refiero a necesidades funcionales que son inherentes al propio funcionamiento de los sistemas político y económico, etc.) nunca deberían ser objeto de mandato por fuerza de la ley. Estas necesidades funcionales no estructurales tienen que ver más con el espíritu o ethos que un pueblo lleva o trae a una asociación. Una comunidad de gente amable, paciente y compasiva, por ejemplo, sería mucho más exitosa en conseguir fines comunes que otra en la que la gente fuera irritable, impaciente e indiferente; pero no se puede forzar a la gente a desarrollar el tipo de virtudes u otras cualidades que harían más exitosa la vida en asociación mediante la aprobación de una ley. El encanto o la virtud forzadas no constituyen encanto ni virtud en absoluto. La libertad de los individuos para actuar en formas que entran en conflicto con las necesidades funcionales no estructurales de una asociación deben, por tanto, ser respetadas, incluso si aquéllos decidieran subvertir o amenazar este tipo de necesidades funcionales actuando con objetivos opuestos. Solamente de esta forma pueden las dimensiones individual y orgánica de la personalidad tener una oportunidad de poder florecer.


[2] C.H. Douglas, The Brief for the Prosecution (Liverpool: K.R.P. Publication Ltd., 1945), 79. Cf. C. H. Douglas, The Development of World Dominion (Sidney: Tidal Publications, 1969), 72: “Una cultura nacional es el alma de un pueblo, y la idea de que un pueblo pueda perder su alma y retener su identidad es una idea que forma una sola pieza con el resto del materialismo dialéctico”. Cf. también, C. H. Douglas, Realistic Constitutionalism (Londres: K.R.P. Publications Ltd., 1947), 11: “El alma esencial de una nación se encuentra en su carácter, su cultura y tradición”.


[3] C.H. Douglas, The Big Idea (Bullsbrook, Australia: Veritas Publishing Company, 1983), 70.


[4] C.H. Douglas, The Brief for the Prosecution (Liverpool: K.R.P. Publications Ltd., 1945), 80-81. La política recomendada por Douglas para el Reino Unido en esta materia era la de “(…) restringir drásticamente la inmigración extranjera, y hacer de la naturalización o nacionalización una concesión rara y excepcional”. En estrecha conexión con esta posición, Douglas simultáneamente remarcaba que: “Es deseable subrayar la amplia diferencia entre libre circulación y fácil naturalización”. C. H. Douglas, The Brief for the Prosecution (Liverpool: K.R.P. Publications Ltd., 1945), 82.

Japón ha mantenido una política de inmigración muy restrictiva y yo, como persona no japonesa, no tengo ninguna objeción de ningún tipo al hecho de que ellos valoren y deseen mantener su propia identidad orgánicamente derivada o formada. Al contrario, soy plenamente partidario de esa política suya, incluso si ella supusiera que yo no pudiera emigrar nunca allí. La pérdida del pueblo y la cultura japonesas a través de una desintegración multicultural sería una gran pérdida para el mundo entero. El mismo tipo de observación podría hacerse mutatis mutandis con respecto a cualquier otro grupo étnico o racial.


[5] C.H. Douglas, The Development of World Dominion (Sidney: Tidal Publications, 1969), 130.


[6] Cf. Miqueas 4:4.


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