Posted on: December 20, 2015 by M. Oliver Heydorn (traducido por Martin Ant - Hispanismo.org)

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Crédito Social y Guerra

    Como hoy es el Día del Recuerdo: https://es.wikipedia.org/wiki/D%C3%ADa_del_Recuerdo, pensé que sería apropiado traer a consideración precisamente una de las implicaciones de la teoría del Crédito Social con respecto a la guerra:

     “(…) el sistema financiero (…) es, más allá de toda duda, la principal causa de la fricción internacional. Puesto que, como ya hemos visto, ninguna nación puede comprar su propia producción, resulta inevitable que haya una lucha por los mercados en donde poder deshacerse del excedente. La traducción de esta lucha comercial en un contexto militar es simplemente una cuestión de tiempo y oportunidad.” [1]

     Los credististas sociales han advertido repetidamente que existe una causa económica crónica, enteramente artificial en su naturaleza y, por consiguiente, innecesaria, la cual inexorablemente conduce a las naciones a tomar las armas la unas contra las otras. Debido a la deficiencia subyacente en el poder adquisitivo del consumidor que aflige a todas las sociedades industriales que operan bajo las convenciones estándar bancarias y de contabilidad, los países se ven frecuentemente presionados a aliviar la falta de liquidez en la economía doméstica buscando exportar más de lo que importan. Una, así llamada, “balanza comercial favorable” (que es indudablemente desfavorable en términos reales porque implica una pérdida neta de riqueza real) ayuda a una economía a cubrir la brecha entre los precios de los bienes de consumo y los ingresos del consumidor deshaciéndose de parte de su producción excedente al mismo tiempo que simultáneamente incrementa el ritmo de flujo de poder adquisitivo del consumidor (mediante los trabajos que son creados y los beneficios que se consiguen por las compañías exportadoras). El problema es que es matemáticamente imposible para todas las naciones en el mundo exportar más de lo que importan; es un juego de suma cero. Por cada campeón exportador, debe haber un perdedor con un déficit comercial. Los países que importan más de lo que exportan se ven encarados con un problema de brecha que se ha vuelto aún peor a consecuencia de sus actividades comerciales. Puesto que todo país está funcionando bajo la misma interna deficiencia de poder adquisitivo, la lucha por una balanza comercial favorable constituye una lucha por la supervivencia. Ello conduce, muy naturalmente, al conflicto económico, mejor dicho a la guerra económica, en forma de guerras comerciales y alianzas comerciales “libres”, y, con demasiada frecuencia, puede forzar o al menos inducir a un conflicto militar. Un país que no consiga competir exitosamente mediante la “innovación”, el trabajo duro, o presentando en el mercado precios menores que sus rivales en la lucha global por un flujo artificialmente escaso de poder adquisitivo, puede optar por buscar asegurarse su victoria en la guerra económica derrotando a sus oponentes en el campo de batalla. La razón real para la guerra será, por supuesto, más o menos ocultada al público y se encontrará un pretexto, pero la guerra le puede permitir al agresor destruir parte de la capacidad productiva de su rival y/o, a través de la eventual firma de tratados de paz, insistir en condiciones comerciales más favorables para él mismo (como parte de las debidas reparaciones).

     La presión puesta sobre las naciones para cubrir sus brechas internas entre precios e ingresos con balanzas comerciales favorables, se ve intensificada por la política universalmente defendida del pleno empleo. Si insistimos locamente, en directa oposición al potencial físico real de la economía industrial moderna, en que todos (o casi todos) deben trabajar en la economía formal con el fin de obtener poder adquisitivo (o para ser apoyados por aquéllos que lo hacen), entonces estamos exigiendo un continuo crecimiento económico como fin en sí mismo (como medio de distribución de ingresos adicionales a medida que crece la población). La producción resultante debe encontrar alguna salida. Si no puede ser absorbida internamente, deberá asegurarse un mercado para ella en el extranjero. Fue por esta razón que John Hargrave, líder de los Camisas Verdes (un grupo paramilitar de Crédito Social de la década de 1930), proclamó valientemente en más de una ocasión que “Aquél que clama en favor del pleno empleo, clama en favor de la guerra”.

     El Mayor Douglas exploró con cierta extensión las causas puramente económicas que están detrás de la guerra moderna en un discurso en la BBC titulado “Las causas de la guerra”:

 

 

 

 

 

 

[1] C. H. Douglas, The Monopoly of Credit (Sudbury, Inglaterra: Bloomfield Books, 1979), 92.

 

 

 

 

 


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