Posted on: June 30, 2015 by M. Oliver Heydorn (traducido por Martin Ant)

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Crédito Social: Una Simple (si bien algo larga) Explicación

 

El fundador del movimiento del Crédito Social, el Mayor Clifford Hugh Douglas (1879-1952), identificó correctamente la causa de nuestras perennes dificultades económicas, y también desarrolló una serie de propuestas para tratar, de manera efectiva, con el problema subyacente.


      El Crédito Social comprende las ideas filosóficas, económicas, políticas e históricas del brillante ingeniero anglo-escocés, Mayor C. H. Douglas.

     En lo que a la economía del Crédito Social concierne, la elección con la que nos enfrentamos es una de tipo simple: o bien podemos continuar sufriendo innecesariamente y de manera cada vez más creciente bajo un sistema financiero (es decir, un sistema bancario y de contabilidad del coste) que sirve a una élite oligárquica a expensas del bien común, o bien podemos reformar el sistema financiero conforme a los lineamientos del Crédito Social con el fin de asegurarnos de que funcionará a pleno servicio en favor del ciudadano común.

     La cuestión clave no está en el hecho de que los bancos creen la mayoría de la oferta monetaria a partir de la nada, ni en el hecho de que el interés que ellos cargan sobre los préstamos pueda ser a menudo oneroso, excesivo y/o explotador. La cuestión clave es una de tipo político. ¿Sirve el sistema financiero a nuestra política, la tuya y la mía, de la mejor manera posible: obtener los bienes con la mínima cantidad de esfuerzo; o por el contrario sirve a la política de aquéllos que ocupan el pico de la pirámide económica: obtener el máximo esfuerzo de parte de nosotros (medido en términos económicos y, sobre todo, en términos financieros) a cambio de la mínima cantidad de bienes?

     Las convenciones financieras estándar generan una escasez artificial tanto de crédito al productor como de crédito al consumidor, y luego permiten que esa escasez pueda ser aprovechada por los bancos privados en su favor, debido al monopolio que tienen sobre la creación de crédito [1]. Como resultado, la riqueza económica, el poder y los privilegios son ilegítimamente canalizados en manos de los financieros y de aquéllos a los que prestan su apoyo.

     Los costes de hacer funcionar el sistema financiero como un monopolio egoísta privado son extremadamente cuantiosos. En lugar de disfrutar de una abundancia de bienes y servicios necesarios junto con un incremento de ocio a partir de un sistema económico socialmente equitativo, medioambientalmente sostenible e internacionalmente favorecedor de la concordia, nos encontramos acosados por las paradojas de la pobreza en medio de la abundancia y de la servidumbre en lugar de la libertad; por el recurrente ciclo de expansión y quiebra; por la continua inflación (tanto por empuje del coste como por tirantez de la demanda); por la ineficiencia económica, el despilfarro y el sabotaje; por el crecimiento económico forzado; por una cada vez más creciente montaña de deuda social que, en su conjunto agregado, es imposible de devolver; por opresivos y a menudo crecientes impuestos; por el conflicto social; por la migración forzosa; por la dislocación cultural; por la degradación medioambiental; y por los conflictos económicos internacionales que conducen a la guerra, etc., etc.

     El actual sistema financiero no permite a los miembros de la sociedad cumplir con el verdadero propósito de la asociación económica (el suministro de bienes y servicios, cuando, donde y en la medida en que sean requeridos, y con el mínimo de molestias para todos) en la medida en que este cumplimiento sea físicamente posible, porque se trata de un sistema fundamentalmente fraudulento.

     Toda sociedad confía en su inventario de recursos económicos “físicos” (tierra, trabajo, el incremento de asociaciones y, en un país industrializado, el know-how y el capital real en forma de máquinas y equipo) con el fin de proveer a sus miembros de los bienes y servicios que necesitan para sobrevivir y desarrollarse. Este stock de potencia económica bruta es a lo que la teoría del Crédito Social se refiere como crédito real. Es la capacidad productiva útil de la sociedad.

     Por contraste, el crédito financiero, o dinero, es solamente un método para representar este crédito real, de manera que la producción pueda ser catalizada y luego distribuida a los consumidores. La creación, emisión y retirada del crédito financiero es administrada por el sistema financiero de una sociedad.

     El problema primordial con el sistema financiero reinante consiste en que no emite ni retira crédito financiero de la clase correcta, ni al ritmo correcto, ni bajo las correctas condiciones, de forma que represente de manera exacta el crédito real de la sociedad. Por el contrario, limita artificialmente el crédito real y hace desviar muchas de nuestras actividades económicas.

     Un sistema financiero honesto, –es decir, uno en donde la naturaleza o clase de crédito financiero, los ritmos a los que es emitido y retirado, y los términos bajo los cuales es emitido y retirado, representen de manera exacta los hechos físicos del crédito real–, permitiría a los ciudadanos de una nación producir libremente todo lo que ellos desearan (siempre y cuando esa producción en cuestión fuera físicamente posible) así como consumir todos los bienes y servicios resultantes, sin la imposición de ningunas otras e ilegítimas condiciones (tales como la contracción de deudas que fueran, en su totalidad agregada, imposibles de devolver, y/o trabajo adicional). El dinero sería considerado como una simple unidad de contabilidad y no como una mercancía escasa que ha de ser puesta en alquiler por los bancos privados (Nota bene: los bancos actualmente reivindican la propiedad del crédito financiero que ellos crean).

     Un sistema honesto funcionaría muy naturalmente en interés de los ciudadanos comunes ya que reconocería que el crédito financiero de la sociedad pertenece, no a los bancos privados, sino a aquéllos que realmente poseen, en varios grados, el crédito real –al cual se supone que ha de representar el crédito financiero. De ahí se sigue que los consumidores, a quienes legítimamente se les puede considerar como accionistas en las economías de sus países, son la gente que debería determinar la política financiera general (y, por tanto, la política económica general) de la sociedad.

     Siempre que haya, por un lado, suficientes recursos económicos “físicos” para poner en acto un programa de producción específico y, por otro lado, una demanda real de parte de los consumidores por los bienes y servicios que dicho programa hará disponibles, debería crearse y emitirse, como una cuestión de rutina, suficiente crédito financiero con el fin de catalizar esa producción. Igualmente, siempre que haya, por un lado, un cierto volumen de bienes y servicios de consumo llegando al mercado, entonces debería haber también, por otro lado, suficiente poder adquisitivo del consumidor en forma de ingresos del consumidor (no asociados de ningún modo a costes adicionales o extraños) para poder adquirir dicho volumen en su totalidad y poder liquidar todos los correspondientes costes de producción.

     Para poder lograr la igualación del crédito financiero de la sociedad con su crédito real, el Crédito Social propone el establecimiento de una Oficina de Crédito Nacional. La O.C.N. sería un órgano políticamente independiente del Estado y un mecanismo puramente administrativo. Sus actividades vendrían a estar enteramente determinadas por los datos estadísticos, y esos datos vendrían a ser el resultado de las libres decisiones de las firmas privadas, los gobiernos y los consumidores individuales, en unión con los hechos físicos de los recursos naturales de la economía. La O.C.N. garantizaría suficiente crédito al productor en conformidad con la capacidad productiva útil de la sociedad, así como suficiente crédito al consumidor, en forma de un Dividendo Nacional “libre de deuda” y de un Descuento Nacional, para así poder igualar el flujo de poder adquisitivo del consumidor con el flujo de los precios de los bienes de consumo. El dividendo también aseguraría el que el número creciente de gente cuyo trabajo ya no es más necesario en la economía formal (a causa de la tendencia intensificada del desempleo debido a la tecnología) tuviera acceso, sin embargo, a los bienes y servicios. Uno puede leer aquí acerca de las fuertes diferencias entre el Dividendo Nacional y las propuestas convencionales de un ingreso básico: La (¡gran!) diferencia entre un "Ingreso Básico" y el Dividendo Nacional .

     El Crédito Social no defiende la nacionalización del sistema bancario privado, sino más bien la rotura de su monopolio y la restauración de la propiedad del crédito financiero a los individuos que componen la comunidad. Se opone completamente a toda proposición que nos vea saltando de la freidora de un sistema privado egoísta hacia el fuego de un completo monopolio estatal sobre el dinero y su emisión. Éste último constituiría una buena base para la introducción de una sociedad totalitaria. En oposición directa a esta visión del orden social, el Crédito Social representa la descentralización del poder económico y político rumbo en dirección hacia el individuo. Lo que los creditistas sociales quieren es un sistema financiero que, al mismo tiempo que sirva obedientemente a una política pública de maximización del beneficio individual, sea, sin embargo, administrada privadamente en un grado muy grande.

     Finalmente, a pesar de la presencia de la palabra “social” en el Crédito Social, debe reconocerse también que las proposiciones económicas de Douglas no son socialistas, sino más bien anti-socialistas. Están completamente en consonancia, –así como también la apoyan– con una economía de libre empresa (que incorpora mercados libres, propiedad privada, iniciativa individual, y el incentivo del beneficio), siempre y cuando esté financieramente estructurada hacia el cumplimiento del verdadero propósito de la asociación económica. Cf. ¿Por qué el Crédito Social no es Socialismo?

 

[1] Nota bene: la escasez artificial de crédito del consumidor o la deficiencia crónica de ingresos del consumidor que Douglas identificó no se debe, en primer lugar, al hecho de cargar un interés sobre los préstamos sino más bien a la forma en que el capital real (máquinas y equipo) es financiado y la forma en que sus costes son luego contabilizados y cargados dentro de los precios de los bienes de consumo. Cf. Crédito Social y usura.

 

 

 

 


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